10 enero 2009

Valladolid ¿renace? Gabriel Gallegos Borges.

Me tropiezo, por casualidad, con este artículo de 2005 sobre la situación y las inercias de la edificación y el urbanismo que erna y habían sido en Valladolid. Resulta interesante leerlo en estos momentos.
Se publicó en el norte de castilla [aunque yo lo encuentro en la página de la federación de asociaciones de vecinos] y está firmado por Gabriel Gallegos Borges, que fue [y sigue siendo] maestro mío.
Que no, hombre, que no, que estáis equivocados!

Tuve que frenar el otro día el ímpetu de unos amigos que comentaban las bondades de los países centroeuropeos y nórdicos que habían visitado en vacaciones. El respeto por la naturaleza, por su historia, el paisaje, sus cuidadas ciudades tan bien pavimentadas Como si nuestra ciudad no mereciera los mismos elogios o más, incluso. Lo variopinto que en los años sesenta comenzó a quedar nuestro centro histórico. ¿Cómo se rompió la absurda y aburrida monotonía de su caserío, insertando por aquí y por allá volumetrías ’modernas’ y retranqueadas: en la calle de Regalado, en la calle López Gómez, después coronada por altas antenas, en la calle Angustias para equilibrar el peso de edificaciones como la Iglesia y el Teatro Calderón! No digamos qué justo equilibrio se dio a la plaza de Portugalete eliminando el molesto mercado y construyendo esos bloques ajustados a la escala de la torre de la catedral ¿Qué contrastes tan interesantes para los viandantes!

También en aquella época se barajó la posible demolición de la Iglesia de San Agustín, apéndice molesto del centro histórico asomando hacia el río Pisuerga. ¿Qué bonita torre de viviendas con bellas vistas a la ribera se habría podido edificar! Incluso se habló de dar continuidad a la calle de Platerías para unirse con San Pablo demoliendo la iglesia de la Vera Cruz, ahí puesta, cerrando el paso; pero . quién sabe, nunca es tarde.

Y los amigos erre que erre que si el tráfico, que si todos en bicicleta

Pero ¿bueno! Lástima que no hayan venido hace dos o tres años esos vecinos europeos a ver los aparcamientos, ya desaparecidos por algún extraño arrebato que mis amigos consideraron acertado, en pleno salón del Campo Grande, junto al Patio Herreriano, junto a la Iglesia de San Agustín Qué bien acompañaron durante años y años las arquitecturas históricas semiabandonadas, dándoles colorido, y el espacio libre junto al Campo Grande.

Y dale que te pego, seguían entusiasmados con su viaje. Otra vez que si el paisaje, Finlandia, los lagos, Noruega, sus fiordos

¿Con lo bien que quedó, cómo se redujo y acotó debidamente nuestra vecina laguna! la de Laguna de Duero. ¿Qué bien quedaron sus bordes con esas torres, tan pegaditas unas a otras! ¿Qué bien se aprovechó un espacio que solo servía para que reposaran los patos o para que paseara algún despistado! Incluso provocaba inundaciones de vez en cuando, como esas tierras pantanosas de Boecillo que ya están arreglando.

Por cierto, cerca de Laguna está el Pinar de Antequera. Una lástima, qué espacio tan desperdiciado, pensaba yo, lleno de pinos, espacio vacío; al fin, con un entorno que a estos amigos viajeros, después de tanto viaje a esos países llenos de gente sensible y afectada por la naturaleza y sus bicis, hasta les podría parecer interesante: los canales de riego, alamedas que acompañan el viaje de las aguas, pinares incluso gente en bici. Sus vecinos dicen que es el pulmón de Valladolid y que su entorno constituye un auténtico patrimonio ecológico y paisajístico. ¿Otros románticos!

Pero hay que hacer algo, algo distinto, que rompa ese paisaje ¿Ya está!, una recalificación. Para empezar, donde se sitúa la fábrica abandonada de Piensos del Duero, muchas viviendas. ¿Como si la carretera de las Arcas Reales no tuviera derecho a las mismas alturas que el Paseo de Zorrilla! Puede ser un buen comienzo, bonitos pisos como los del alto edificio de la calle de Regalado, con altura suficiente para que los futuros vecinos de esos ’pisos’ puedan ver el bosque del pinar por encima de las copas de sus árboles de momento, porque no sé yo, a ese pinar tan grande y monótono habrá también que dotarle de cierta personalidad en el futuro. Aunque, puestos ya a edificar, no sé por qué solo cinco alturas ¿Qué desperdicio! Y solo algo más de doscientas viviendas entre esos pinos Si no creo que quepan en solo cinco alturas, con su piscina bien protegida entre los bloques, como la laguna de Torrelago, pero a otra escala.

Aunque puede ser un buen comienzo, el principio del fin de esos espacios llamados naturales que algunos sensibleros, como estos amigos, se empeñan en proteger y conservar y que en este caso incluso se habrían atrevido a pedir la recalificación, pero a la contra: como otro espacio libre a proteger desperdiciado.

No saben lo que es el ’progreso’ y que a la postre las recalificaciones revierten plusvalías, mucho dinero; bueno, sobre todo a unos y al Ayuntamiento otro poco para hacer un parque quizás. Pero qué bobada, fastidiar un parque natural para hacer otro artificial

Y de pronto, interrumpiendo este largo pensamiento, uno de los amigos me dijo apesadumbrado: «Oye, creo que lo que nos diferencia de esos países en el fondo es la urbanidad. Si, aquella asignatura que encabezaba los boletines de calificaciones semanales de los colegios, esa palabra que el diccionario define como ’cortesanía, comedimiento, atención y buen modo’».

Porque con ’comedimiento’ no se hubieran realizado aquellos atropellos al centro histórico, a pesar de llevarse a cabo conforme a la ’legalidad vigente’ de la época. ¿Qué recurso para cometer infracciones legales las mal denominadas legalidades vigentes! Y esa falta de cortesía con nuestros valores, los que nuestros antepasados nos han legado, genera una falta de afecto por el medio, desapego de la comunidad por el bien común maltratado.

Y entonces el urbanismo deja de ser un acto creativo que sirve para el desarrollo normal y verdadero progreso para las necesidades auténticas de la comunidad, para convertirse en un navío a la deriva, tan solo al servicio de unos pocos que seguro que ni son comedidos, ni tendrán cortesía, ni afecto por los pocos valores heredados que quedan en esta ciudad en que vivimos.

Y aquellos que debieran dar ejemplo, aquellos en los que la comunidad ha depositado la confianza, naufragan en ese navío atolondrado que no merece el nombre de urbanismo y esgrimen un claro suspenso en ’urbanidad’.

Gabriel Gallegos Borges
Profesor de la Escuela de Arquitectura de Valladolid

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